Música (celestial)

plou, llueve

Cualquier día, un erudito, propondrá que en la enseñanza se utilice la música como base para el aprendizaje de las criaturas; que esta sea, como la urdimbre de un tapiz, la malla sobre la que se incorpora todo el conocimiento.
Un día alguien se dará cuenta que el universo es un tejido de vibraciones y frecuencias, que fraccionarlo en disciplinas solo sirve para falsearlo.

Que la capacidad humana sea demasiado limitada para captarlo conscientemente en toda su amplitud, no implica necesariamente trocearlo para comprenderlo. Que uno, finalmente, se vea obligado a la especialización si quiere profundizar en algunos aspectos, no tiene porque hacerle ignorar los otros aspectos que deja de lado.

Que la natural curiosidad infantil se vea amputada por la obligación de asumir unos contenidos preestablecidos y encaminados a un objetivo predeterminado, es tan solo la lógica consecuencia de esta compartimentación y fraccionamiento que da por supuesto, en el proceso educativo, la incapacidad de entender el universo como un todo interconectado.

¿Qué mecanismo puede haber mejor que la música – y por extensión todas las artes- para hacer participes a las criaturas de la riqueza rítmica del universo? Todo ello sin la necesidad previa –racional- de tener que entender todos sus mecanismos, ni amputar la curiosidad con pesadas repeticiones teóricas.
Dejándose llevar por esos ritmos de manera que, el simple deseo de participar, les facilite el incorporarse en ellos. Por el contrario, si a uno se le educa como mero espectador, siempre se sentirá excluido de aquello que observa.

Según dice el neurólogo Stefan Koelsch “no existe casi ninguna parte del cerebro que no se vea afectada por la música”. Así la música afecta principalmente a las emociones, pero a través de ellas se puede involucrar a todas las demás disciplinas.
Lo primero que la música enseña es participación y respeto, hacía uno mismo y los demás; pero también autodisciplina, esfuerzo y atención.
Con la música, además de estimular la memoria, expresar emociones, estados de ánimo, empatía, se puede aprender matemáticas, literatura, expresión oral, idiomas; pero también geografía, historia, antropología, política, ciencias, anatomía, educación física…

¿Porqué será que los jóvenes están permanentemente conectados a aparatos de música e idolatran a los grupos musicales? Mientras mantienen tan poco interés por las disciplinas escolares y gozan de tan escaso prestigio los profesores.

Utilizar la música como base para la educación no significa que todo el mundo deba llegar a un nivel de conservatorio, sino que cada nivel utilice como herramienta (urdimbre) la música que más atraiga a los alumnos, según el nivel y capacidad de cada uno (No hace tanto las tablas de multiplicar se aprendían por este método).

Eso, no obstante, requiere que los educadores dispongan de unos recursos rítmicos y musicales con los que ahora no cuentan, dado que en su formación –exceptuando a quienes tuvieron un interés personal- la música, y las artes, tan solo aparecen como un complemento anecdótico.

Un día, algún erudito, propondrá que en la enseñanza se utilice la música como base para el aprendizaje de las criaturas, que esta sea, como la urdimbre de un tapiz, la malla sobre la que se incorpora todo el conocimiento…
Pero esto será en otra tierra y, si alguien le hace caso, no será porque la considere buena, sino porque aquel que la hace ya tiene un prestigio reconocido; y, llegado el caso que logre aplicarse, aquí, tan solo querrán copiarla por el prestigio que, allí, le fue otorgado.

Algún día…

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