El capitalismo es una religión que exige de sus sacerdotes la castidad y el celibato: abstenerse de cualquier contacto carnal o material con las cosas mundanas. No casarse con nada ni con nadie.
Para mantenerse puros en su fe no basta con creer en el dinero, se espera de ellos -como antaño se esperaba de los jerarcas de otras religiones- no contaminarse con ninguna actividad física o esfuerzo que conlleve contacto embrutecedor para el espíritu, que pudiera derivarse de la relación con materiales o seres inferiores. Lo que tal vez sería loable si también se les exigiera el voto de pobreza, que no tuvieran más posesión -y esta por ser inevitable- que el miserable y desnudo cuerpo que los alberga.
Solo de este modo desde este apartamiento espiritual, es posible hablar de la creación pura, es decir, “crear de la nada”
Sin embargo resulta evidente que dichos sacerdotes no se conforman -igual que los de otras religiones- con beber del espíritu y suelen medir el éxito de sus predicciones proféticas según el beneficio -material- que les procura. Beneficio conseguido, lógicamente, gracias al esfuerzo y sacrificio de la plebe que ellos guían y conducen como disciplinado rebaño al matadero, siempre que sus cálculos de beneficio así lo exigen. Sin que ello contradiga ni un ápice el ideal preceptivo de “crear de la nada”, puesto que nada son, ni nadie, los que -allá abajo, embrutecidos por el barro de la materia- por ellos y para ellos, trabajan y se mortifican.
Ellos representan el espíritu que ordena, transforma y se proyecta sobre la materia informe y caótica, para adaptarla al ideal pre establecido; para conducir, con visión de futuro, a la embrutecida plebe, por caminos de progreso, a la tierra prometida, al cielo soñado de la felicidad universal.
El beneficio actual que ellos disfrutan no es sino la muestra de la satisfacción que a todos nos espera, en un futuro - y por lo tanto, se convierte en estímulo para quienes todavía no lo han alcanzado- si creemos en su liderazgo sabio y protector.
Solo algunos pocos descreídos de mala fe pueden pensar que la miseria de la mayoría viene causada por la acumulación material de las riquezas de la tierra en unas pocas manos; o que dicha acumulación tenga otra finalidad que la de ser repartida de forma equitativa entre todos los desposeídos , de manera más justa y equilibrada a como se encuentran repartidas, primitivamente y desordenada, por el planeta. Y si ello no se ha conseguido todavía, no cabe pensar en la incapacidad, egoísmo o lucro de la clerecía capitalista, sino que más bien debe achacarse a la existencia de otras religiones, otras ideologías -caducas y extemporáneas, naturalmente- que compiten con la verdadera y única fe a la hora de repartirse la devoción de las masas. Sin excluir, de las razones del fracaso, la lógica e inevitable imbecilidad del rebaño -el propio y el ajeno, que en eso todos se parecen- que no saben discernir cual es el Dios verdadero y se dejan llevar por las dudas, el desencanto o el pesimismo, unos, y por el fanatismo , la violencia y la perversidad, los otros.
Únicamente ese lastre material ese anclaje en el embrutecimiento del caos, ha hecho posible el derrumbe de ese símbolo del ideal, de esa Babel del espíritu, de esas torres gemelas, que con su sola visión confirmaban el poder de la verdadera fe, de la capacidad de un ideal, de la fortaleza para contradecir a la gravedad y la imposición de la materia bruta (siempre abocada a la dispersión), concentrando sobre unos pocos metros de suelo todo el poder de elevación del espíritu del Dios Capital. El único verdadero y digno de adoración; el que mora en la cueva de Ali-baba.
A la erección de dichos símbolos han tendido todas las religiones, pero ninguna como el capitalismo ha conseguido tal desapego del entorno circundante, ninguna había conseguido tal independencia de lo físico, a la vez que una estructura tan liviana; tampoco ninguna había conseguido una influencia tan global, ni una oposición tan enconada, ni tampoco una gloría tan efímera.
Ello pone de manifiesto que la ligereza, la rapidez, la velocidad que proporcionan sus redes, son la base de su poder…pero también su talón de Aquiles. Es por esas redes, por los filamentos de sus estructuras -cada vez más virtuales -por no decir fantasmagóricas y espectrales- por donde se cuelan sus enemigos. Con la misma velocidad que se levantaron, son derruidas.
Pues no son otra cosa que castillos de naipes, ensoñaciones del espíritu, que contradicen y reniegan de la solidez -y sordidez- que los sustenta. Desconfían del cuerpo que los acoge (al que deben flagelar regularmente con ejercicios para conservar en forma su imagen), del populacho que los alimenta (mandándolo al matadero cada vez que este comienza a exigir su parte del botín), y del Dios a quien adoran, y del cual no dudan en rengar, desde el momento que su imagen no consigue ya seducir y movilizar a las masas.
“Nunca la eternidad fue más efímera y previsible”.
De todo lo cual puede deducirse que nuestro Dios -el Dios que nos ha tocado en esta época- no es menos real que otros de los existentes en el pasado o el presente. Sin embargo, no puede decirse precisamente que sean más sólidos, palpables o perdurables los frutos de su influencia.
Más bien todo lo contrario: sus creaciones tienden -como no- a la volatilidad, la dispersión y el desarraigo ante toda posible estabilidad de pueblos y gentes. Solo así consigue el fin último de su Dios: la movilidad permanente (previsible y ordenada) de los flujos del capital. En esa movilidad, en creer (no en conseguirlo) que uno pueda, algún día, verse favorecido por ese trasiego de fortunas, se cifra toda su fe y la del populacho que los jalea. Su vuelo es como el de la cometa: le necesitan a usted para que tire del hilo. De otro modo no pueden sostenerse por mucho tiempo. Desengáñese, pues, de que puedan darle algo en el reparto. Que usted alcance su nivel no les sirve, a ellos, de nada.
Démosles hilo pues. Démosles todo el hilo, hasta que se desprenda del carrete; que vuelen al fin libres (¿no es este su catecismo?) sin el lastre humano que los mantiene sujetos al suelo.
Tal vez así, quienes no poseemos el don de la ligereza, podamos disfrutar con el espectáculo de sus efímeras evoluciones sin el agotamiento y el sacrificio que requiere encumbrarlos.

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